miércoles, 8 de julio de 2009

Cuentos escultura


Cuento escultura 1


Voy caminado hacia el trabajo, me fumo un cigarrillo liado sin boquilla mientras escucho música en el i-pod.

Pienso que las puertas se me van a hacer pequeñas, que me encontraré con las mismas situaciones violentas de todos los días, que las 8 horas se me harán interminables, que tendré que ser testigo y protagonista de momentos grotescos y estúpidos que solo aquí cobran sentido.

Podría ser mi último día. Tengo esa sensación de miedo, no he hecho otra cosa en mi vida.


Cuento escultura 2

La miro todas las mañanas, siempre me levanto antes que ella. No se en que momento empecé a odiarla.

La miro cuando está viendo la tele, no puedo soportar que mueva la boca, que levante las cejas, que sonría para si misma.... cuando me mira sonrío... ¿porqué lo hago?, ¿porqué no puedo dejar una relación acabada desde hace demasiado tiempo como para acordarme? Todos los días espero a mañana para decírselo, todos los días la miro a los ojos y sonrío.


Cuento escultura 3

Tengo cincuenta y ocho años, me veo en el espejo y recuerdo cuando todo estaba firme, aun soy más consciente cuando la miro a ella. Veo esa frescura de veinte años y todo se oscurece. Pienso cuanto tiempo continuará a mi lado, si conmigo tendrá suficiente.

Cuando me mira a los ojos solo veo amor en ellos, no me pasa lo mismo cuando la veo cambiarse para salir a la calle, cuando la dejo para ir a trabajar, cuando después de follar ella se duerme antes que yo y se que no he estado a la altura.

Siempre he sido bueno follando, pero todo termina. Su cuerpo se vuelve cada día más voluptuoso, sus curvas cada vez más firmes. Le falta mucho tiempo para ajarse mientras a mi no me queda nada.

Me la imagino acostándose con otros, veo todas mis arrugas, el espejo se convierte en un enemigo.

Hace unos días, mientras me miraba en el espejo, la vi levantarse de la cama entristecida, fue la primera vez que pensé en matarla.


Cuento escultura 4


Érase una vez una bella princesa, vestida de charol y cuero rojo, con agujas clavadas en placenteros recovecos que una vez fueron vírgenes.

Jamás daba un gemido de placer sin sentir antes el beso del látigo o el dulce estrangular de una correa de piel.

Sus amantes le demostraban su amor en medidas de voluptuosidad comparables con Justine, la heroína con la que a ella le gustaba soñar.

Sentir la piel tensa, la falta de aire, ese oscuro jadeo detrás de ella mientras se tensan las cuerdas.... el espesor de la sangre en los nudos....


Alberto Castelló Juan

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